Perdidos en la Red | revistaenie.clarin.com


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Una reflexión sobre los fantasmas que acechan en la navegación por Internet. La copia, la falta de ideas, los contactos superficiales y el poder de persuasión.

POR PABLO CAPANNA

Existen raros momentos en que el tiempo parece detenerse y uno se siente perdido en el infinito. Para complacer a Romain Rolland, Freud los llamó “sentimientos oceánicos” y admitió que se vinculaban con algún tipo de experiencia religiosa.

Quizás también sea una vivencia de orden “oceánico” la que se despierta con la navegación por Internet, en cuanto uno empieza a usar a la Red para algo más que correo o teléfono. Muchos años antes de que la Red comenzara a tejerse, el escritor Teilhard de Chardin ya la había bautizado Noosfera, tras observar que las comunicaciones estaban envolviendo al planeta como una espesa capa de signos y sentidos.

La vivencia de ese espacio virtual que la tecnología introdujo entre nuestros sentidos y el mundo debe tener algo de oceánico, a juzgar por la gama de metáforas acuáticas que suscita.

Hablamos de navegar por la Red o de zambullirnos en ella para bucear en los temas. Nuestras computadoras tienen puertos donde se cargan y descargan toda clase de signos. Cuando vamos al abordaje de algo que nos interesa, confiamos en la pericia de unos navegadores cada día más astutos y ligeros, a los que basta con sugerir un par de palabras para que nos devuelvan una montaña de textos que quizá nunca tendremos tiempo de leer. No conformes con eso, son muy pocos los cibernavegantes que dejan de visitar alguna isla Tortuga donde los piratas atesoran el botín de sus pillajes.

No es raro que en la Red nos sintamos abrumados por una marea de datos. A veces es como si tuviéramos que salir a respirar antes de ahogarnos, o esquivar el peligro de quedar varados en los sargazos bibliográficos o en los áridos bancos de la estadística. La navegación puede llegar a marearnos tanto como el mar cuando está encrespado y el infinito hipertexto global no deja de provocarnos vértigo.

Ninguno de esos fúnebres teóricos del siglo pasado que no dudaron en dar por muertas a la pintura, el cine, la novela y el libro, se atrevería hoy a negar la avidez con que consumimos y atesoramos información, que algo tiene que ver con todas esas cosas.

La información es el bien más abundante en el mundo en que vivimos. No siempre es necesaria y ni siquiera útil, pero nunca deja de ser excesiva. Como es un recurso renovable y a menudo gratuito, nos tentamos de pensar que basta con poseerla para conocer. Los datos están tan devaluados que se admite errar sin culpa, porque el error siempre se puede tapar con más información. Nadie se inmuta si una presidenta insinúa que Washington ganó la Guerra de Secesión ni cuando un académico elogia el imaginario gobierno de Evita: la impunidad verbal es un privilegio al cual cada día suele acceder más gente.

Gracias al cut & paste , los estudiantes regurgitan los trozos de texto que rapiñaron en la Red para estafar a sus profesores, y entre estos algunos hasta son capaces de sucumbir a la ternura cuando descubren que sus discípulos acaban de copiar lo que ellos mismos escribieron.

Estos recursos artesanales parecen potenciarse en las tesis doctorales, donde se practica el cut & paste sin tapujos y con maquinaria pesada. Cada vez es más fácil superar la barrera de las quinientas páginas, aunque haya que repetir hasta tres veces la exposición de las fuentes bibliográficas. Los resúmenes, por supuesto, también se consiguen en Internet.

Hemos visto ministros que para explicar por qué acaban de mandar al infierno a alguien, no vacilan en desenfundar su laptop y recitar con firmeza todo lo que sabe la Wikipedia de Dante Alighieri.

La oferta de información es tan amplia que logra desanimar a los que buscan ideas en los textos y los persuade de consagrarse al acopio de materiales. Atrás quedaron los viejos tiempos del borrador, la biblioteca y el correo. Ahora los textos son tan anónimos que pueden ser reciclados e intervenidos sin culpa, como esos escombros que se usan como material de relleno. Quizás algún día los desentierre una cuadrilla de deconstructores.

El escritor que haya sido tan obsesivo como para pasarse años puliendo sus argumentos, se expondrá a que lo elogien con frases como “tu libro está lleno de información”. Es cierto que la guía telefónica y el padrón electoral son aún más ricos en datos, pero sería erróneo tomar esa expresión como un juicio de valor. Más bien equivale a la costumbre de alabar los ojos de un bebé poco atractivo, sólo para conformar a la madre.

Más contundentes que la Red, las Ferias del Libro suelen provocar en los escritores una sensación oceánica que tiene mucho de angustia. Al pie de las mesas de saldos uno llega a sentirse tan insignificante como un artesano de visita en una enorme fábrica. Los poetas hace tiempo han optado por darse amparo leyéndose y festejándose entre sí, en su mundo propio. Algunos escritores invierten todo su tiempo en la construcción de un personaje, y si acceden a tercerizar la tediosa tarea de escribir es para no perder presencia en el mercado editorial.

Cuando Platón creó la palabra “cibernética” no podía imaginar a quienes iban a usarla dos mil quinientos años más tarde. El ateniense pensaba en el arte del timonel, pero jamás hubiera podido concebir este océano en el cual todos andamos a la deriva y nadie marca rumbos, salvo los intereses comerciales.

Estas tecnologías nacieron de la confluencia entre la informática y las comunicaciones, es decir entre la necesidad de información relevante y esa búsqueda de compañía que alimenta a las redes sociales. Pero más allá del conocimiento se diría que todos, desde los solitarios hasta los más expuestos, se sienten como náufragos si pierden contacto con su red.

Las redes se han ido construyendo como cadenas abiertas de contactos superficiales, verdaderos polímeros humanos que se expanden horizontalmente, sin reconocer ninguna autoridad o bien aceptándolas todas a la vez. En las redes se cultiva la polifonía de opiniones sin problemas. La información es mínima y el talante colectivo lo van configurando las voces más persuasivas, no las más informadas.

Pero si todo eso podría parecerse una asamblea, ocurre que de pronto, por alguna lógica propia de la complejidad que aún no alcanzamos a entender del todo, la red llega a hacerse visible, cuando alguna iniciativa logra excitarla. Inesperadamente desembocan en las calles y se encuentran todos aquellos que hasta entonces sólo mostraban sus mejores fotos y sus frases más ingeniosas. De la nada brotan multitudes que marchan por el mundo real, dan gritos audibles y hasta se chocan con policías reales.

Perdidos como estamos entre el flujo de la información sin criterio y el despliegue de opiniones antojadizas, se me ocurre una propuesta revolucionaria. ¿Por qué no tratamos de enseñar a leer y escribir? ¿Y por qué no a entender lo que se lee y tratar de hacer inteligible lo que se escribe? Quizás habría que tomar ejemplo de Picasso, que pintaba naturalezas muertas antes de ponerse a crear, o de esos músicos que descubren que los equipos de sonido no pueden hacerlo todo.

Autor: Gabriel Catalano - human being | (#IN).perfección®

Lo importante es el camino que recorremos, las metas son apenas el resultado de ese recorrido. Llegar generalmente significa, volver a empezar!