Autoempleado y emprendedor no son sinónimos


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Columna de Eduardo Albalá donde señala que dichos términos pueden no significar lo mismo o ser totalmente opuestos.
Jean-Baptiste Say, es un economista francés que en el siglo XIX comenzó a utilizar la palabra emprendedor (“entrepreneur”) para definir a aquel que toma las riendas de la empresa, como intermediario entre el capital y la fuerza de trabajo, moviendo dichos recursos económicos hacia las áreas de mayor productividad.

La semana pasada estuve en Panamá trabajando en la innovación con un buen número de emprendedores y constaté que, en ocasiones, utilizamos expresiones como emprendedurismo, creación de empresas o autoempleo de forma indistinta. Creo que es conveniente aclarar dichos términos, ya que autoempleado y emprendedor pueden no significar lo mismo, incluso ser términos totalmente opuestos.

Desde mi punto de vista, para distinguir entre autoempleado y emprendedor, hay que atender a tres puntos clave: la aspiración, la gestión y el éxito.

El emprendedor debe tener la aspiración de hacer crecer su proyecto empresarial. Podríamos decir que todos los negocios tienen vocación de crecer, sin embargo hay dos situaciones muy comunes que crean importantes obstáculos:

Aquellos autoempleos o pequeños negocios que nacen para prestar de un servicio de cercanía, o basan su comercialización únicamente en contactos personales, sin ofrecer nada claramente diferente a lo existente. En esta categoría entrarían desde el vendedor de caramelos del semáforo, hasta una panadería, cafetería o restaurante sin ningún componente manifiestamente diferencial. Para que estos negocios logren crecer, deben ir más allá de los clientes con los que tienen una relación de cercanía, base de su estrategia de enfoque. Para crecer deberían salir de dicha zona de confort y además competir contra otros negocios prácticamente iguales, o incluso mejores (que quizá si cuenten con claras estrategias de costos o diferenciación).
Los profesionales independientes que realizan una actividad basada en sus cualificaciones o habilidades especiales. Estaríamos hablando de un médico con un consultorio independiente, un abogado, o incluso a un artista, de los que se valoran cualidades personales e intransferibles. En la medida en la que permanezca esa intrasferibilidad de las características diferenciales y exitosas, serán negocios destinados a no crecer más allá de su fundador.
Por tanto, para que un negocio pueda crecer debe hacerlo partiendo de una propuesta novedosa, claramente diferenciada de lo existente. Además, ese valor diferencial deberá residir en un concepto replicable y no únicamente en las características personales de la persona que abre el negocio. Para impulsar este tipo de negocios es necesaria la visión de un emprendedor.

La voluntad de querer ofrecer algo nuevo es fundamental para identificar al emprendedor con capacidad de crecimiento.

El segundo punto clave será la gestión. El autoempleado sólo se preocupa del día a día, el emprendedor debe tener resuelto ese día a día para alcanzar su visión empresarial. La visión del emprendedor va más allá de un territorio o una oportunidad concreta, querrá llevar su idea tan lejos como le sea posible.

El autoempleado, por lo general, sólo se apoya en otros trabajadores para tareas menores, no delega sino que tiene ayudantes, no contrata nunca a nadie más “listo” que él. El emprendedor busca profesionales que le complementen, que le superen en materias específicas, que le ayuden a seguir la visión de su empresa.

Por último será necesario cierto éxito empresarial, que impulse al emprendedor a seguir desarrollando su idea y posibilite el crecimiento. Algunos empresarios empiezan como emprendedores y sin embargo, acaban como autoempleados, bien porque se quieren ocupar de todo, centrándose en la operación y no en la visión, o bien porque el negocio lanzado no tiene tanto recorrido como se esperaba.

En definitiva, el emprendedor debe querer, saber y poder. Querer seguir una visión, saber seguirla más allá de sus propias habilidades y poder llevar a cabo su idea con éxito y aceptación del mercado.

Los estudios del Global Entrepeneurship Monitor revelan la existencia de una curva que correlaciona el número de nuevos negocios con la renta per cápita de cada país. Siguiendo esta curva se puede ver claramente como en los países con menor desarrollo, la tasa de creación de nuevos negocios es la más alta. El problema es que muchas de esas empresas son informales y únicamente aprovechan la oportunidad de ganar un salario casi de subsistencia.

Conforme pasamos a economías más desarrolladas, va disminuyendo este ritmo de creación de nuevas empresas. Las razones son desde mercados son más maduros, la existencia de más regulaciones para evitar la economía informal, y que tanto las posibilidades de empleos formales como las ayudas sociales existentes, desincentivan el “buscarse la vida”.

Cuando llegamos a las economías más punteras, en las que la innovación es el motor principal, la tasa de creación de empresas asciende de nuevo, ya que el ambiente es propicio a nuevas propuestas de tecnológicas, o modelos de negocio disruptivos.

Por lo tanto, no es difícil concluir que las economías menos desarrolladas son más proclives a la generación de autoempleos, mientras que aquellas donde la innovación es la fuerza principal, generan más emprendedores con posibilidades de generar crecimiento económico. Por supuesto hay notables excepciones, como toda la frugal innovation que se genera en lugares como India, China o incluso en Latinoamérica, pero esto merece otro artículo completo.

Los emprendedores son fundamentales para generar empleo, datos recientes revelan que el 50% de los puestos de trabajo de Estados Unidos son creados por empresas con menos de cinco años. Los autoempleados solucionan el problema del desempleo, aunque en algunas economías lo hacen a través del subempleo. Los emprendedores son muchos más importantes ya que generan empleo de calidad, valor para los clientes, empresas competitivas, mayor eficiencia en la economía, innovaciones e industrias exportadoras. Es fundamental, en especial para las políticas públicas, distinguir entre emprendedores y autoempleados, para saber a qué apostar. Bajo mi punto de vista, el reto en las economías latinoamericanas será saber impulsar el emprendedurismo real y no únicamente caer en la tentación política de mantener el autoempleo.

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