¿Es posible el diálogo político en la red?


Ayer estuve investigando, a raíz de un comentario de un lector coruñés (gracias, Roberto), sobre las venturas y desventuras del alcalde de la ciudad, Javier Losada, dentro de la web social. Vaya por delante que no pretendo en ningún caso en esta entrada significarme a favor o en contra de un alcalde cuya gestión desconozco en detalle, sino hablar de una cuestión más de fondo de la que este caso es solo un botón de muestra: ¿es posible el diálogo político en la red?

Las circunstancias específicas del caso pueden leerse en medios como La Opinión Coruña, Xornal de Galicia o El País: el alcalde se ha convertido en blanco de la ira de las asociaciones antitaurinas por su aparente defensa de una fiesta a la que habitualmente acude, y por un criterio de reducción de gastos que le llevaban a, por ejemplo, suspender un festival de rock mientras mantenía el cartel de la feria taurina (tampoco tengo ningún interés en entrar en la discusión sobre si toros sí o toros no en esta entrada). El alcalde es, además, un ferviente usuario de la web social: tiene blog, página en Facebook, canal en YouTube, galería en Picasa y Twitter, y aunque desconozco si los actualiza personalmente, al menos mantiene en ellos un tono muy directo y personal. Ante tal circunstancia, los defensores del abolicionismo taurino han tomado literalmente por asalto las páginas que el alcalde utiliza para comunicarse con la ciudadanía, y responden de manera cansina y persistente a toda actividad en las mismas con constantes mensajes de reproche, impidiendo todo viso de comunicación o diálogo.

La primera premisa es clara: en realidad, no estamos preguntándonos si es posible el diálogo político en la red, sino haciéndonos una pregunta más de fondo que alude a la falta de madurez de la democracia: si realmente es posible el diálogo político (y basta con escuchar las noticias, asomarse a la prensa o leer crónicas parlamentarias para comprobar que, tristemente, la respuesta es no). Pero más allá de este tema, ¿dónde surge el problema específico de la red? El diálogo en la red es posible, como podemos comprobar en muchas páginas bien administradas – ésta, modestamente, entre ellas – pero exige precisamente eso, una cuidadosa gestión de la participación. En una página, a partir de determinado nivel de visibilidad, es imprescindible eliminar trolls babeantes, obsesos que llevan la contraria a todo lo que se expone, argumentos ad hominem, insultos, amenazas, off topics que aprovechan la mínima para llevar el tema a su tejado, spam variado o astroturfing que pretende simular reacciones masivas ocultándose tras varias identidades de manera más o menos sofisticada. Descuidar la gestión de estos temas en función de una presunta libertad mal entendida implica dificultar la comunicación, enrarecer el ambiente, desincentivar la participación más valiosa y terminar favoreciendo la llamada “teoría de las ventanas rotas“, del que hemos hablado ya en otras ocasiones.

Visto así, el problema se reduciría a una buena gestión de la participación en estos foros, a un buen community management. Sin embargo, ¿donde surge el problema? Pues que si ya resulta polémica la gestión de comunidades en una página de temática ordinaria, cuando tocamos la política, la cosa se complica mucho más aún. En política, todos los temas anteriormente citados se elevan a la máxima potencia: los trolls no solo son habituales, sino prácticamente constantes. Es bien sabido que el astroturfing (incluso coordinado desde alternativas políticas contrarias), los insultos, los argumentos ad hominem o los off topics se vuelven moneda habitual. Pero sobre todo, surge una prevención adicional: ¿puede un político aplicar las acciones normales de gestión de comunidad que aplicaría en una página dedicada a otra temática? Cualquiera puede borrar un comentario de un troll, un insulto, un off topic o un ataque de astroturfing: eliminarlo, o incluso, si persiste en su actitud, bloquear al infractor de la política de participación.

Pero ¿qué implica llevar a cabo esas acciones en el ejercicio de la función pública? ¿Puede un político borrar el comentario de un posible elector, o bloquear completamente su participación en un foro determinado? La respuesta, sin duda, es compleja. Bloquear a un ciudadano es algo que, dentro de las reglas del juego democrático, decididamente “no suena bien”. Suena a “ostracismo digital”, a exclusión, a no respuesta a demandas que se asumen genuinas independientemente de la actitud mostrada. El político que aplique gestión de comunidad, será sin duda objeto de duras críticas y podrá llegar a sufrir un importante desgaste. Sin embargo, no hacerlo implica renunciar al diálogo y a la comunicación política en la red. En otros países, en democracias que yo me aventuraría a considerar más maduras que la nuestra, la respuesta también dista mucho de estar consolidada, aunque sí se han dado pasos claros como la eliminación del llamado hate speech, todo aquello que conlleve insultos graves, amenazas, racismo, discriminación, machismo o, en general, todo aquello que implica abiertamente una actitud contraria a la ley y a la convivencia.

¿Mi opinión, por supuesto completamente discutible? La red alberga a un buen número de personas incapaces de mantener en ella una actitud digna y que permita la participación madura. El comentarista bloqueado no iba a ser en ningún caso un votante, y merece claramente el ostracismo digital como consecuencia de su actitud. El que atenta contra la democracia no es el que aplica gestión de la comunidad, siempre que no convierta dicha gestión en el ejercicio de la censura, sino el que impide la comunicación llenando el foro de insultos, off topics o basura en general. En el juego democrático está el derecho de manifestación, pero no el de manifestarse violentamente o el de impedir la convivencia. En muchos sentidos, hablamos de hacer lo mismo en Internet. Y el desarrollo de una actitud clara en ese sentido es indispensable para el desarrollo de actitudes maduras y responsables que faciliten la entrada del juego democrático en lo que será su soporte más importante en el futuro: la red.

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